lunes, 25 de enero de 2010

Un sueño de color blanco


Por:Antoine Chasse
foto: Agnieszka Cerbin

La primera vez que leí Nieve fue hace ya algunos años, mientras devengaba un sueldito en un Call Center de San Salvador. Por aquel entonces yo aún no conocìa la otra nieve, solo conocía ese blanco terciopelo en las montañas a través de mis “sueños” y de mis fieles compañeros los libros. Tuvieron que pasar treinta años de sol de frontera para que un día haciendo uno de los trabajos más impensables de mi vida me encontrara con ella. Fue estando en Barcelona cuando furtivamente fuimos a trabajar fuera de la ciudad muy cerca de las montañas, cuando la nieve cayó por primera vez sobre mi mano y recordé de nuevo aquella frase que hasta entonces para mi carecía de sentido: “Solo se escuchaba el silencio de la nieve”. Ahora que pienso en eso, también recuerdo que una mujer me prometió una vez llevarme a bailar bajo la nieve, son de esas promesas que se hacen sueños y que cuando llegan a ese estatus se hacen más difíciles. En aquellos días yo era un recién llegado a Barcelona, lleno de sueños, dispuesto a todo por conseguirlos, de eso ya hace dos años. Ahora me paso subiendo o cayendo agarrándome a besos y juguetes, avanzando osadamente entre la caída de las hojas. La nieve que hasta entonces conocía era una nieve más política, llena de crítica a una cultura muy cerrada, que le costó a Pamuk “mudarse” de país. Nieve nos relata una historia de amor, que se desarrolla dentro de una pequeña ciudad fronteriza de Turquía llamada Kars a la que Ka asiste desde Alemania a investigar para un periódico el extraño caso de suicidios de varias mujeres. Pero además las intenciones de Ka van más allá de eso ya que su viejo amor Ipek está ahí. Al llegar se da cuenta que la ciudad está envuelta en una serie de conflictos ideológicos, en los que a lo largo de tres días en que la ciudad queda incomunicada por una tormenta de nieve, él pasa a ser uno de los protagonistas.
Orhan Pamuk nos deleita con su obra de principio a fin y nos mantiene pegados a ella, transportándonos a los sentimientos más fríos y profundos del ser humano, dándonos muestra de que somos seres ambiguos y que la búsqueda de la felicidad es una necesidad aun en los seres más extraños o en los lugares más remotos sin importar las condiciones a su alrededor. Pero al mismo tiempo nos escupe a la cara que esa “noble” búsqueda se mancha siempre por la religión o los ideales políticos y que no siempre dicha búsqueda nos lleva a un final feliz, sino más bien la búsqueda de la felicidad nos puede llevar al conformismo de perderla definitivamente. Como siempre la esperanza de conseguirla nos mueve a realizar las acciones más descabelladas de las cuales el protagonista no es la excepción. La frustración de esos días en Kars de Ka y al mismo tiempo sus momentos más felices nos llenarán el alma de sentimientos encontrados hasta llegar al desensalece de esta historia aún siendo éste antes del final del libro. La búsqueda de la felicidad a pesar de tener una sensación de perdida, la paz espiritual de los que han decidido que nunca serán felices envuelve a Ka durante la historia.
La voz de Pamuk se puede adaptar fácilmente a nuestras realidades, Kars puede ser un barrio bajo de las afueras de San Salvador en donde lamentablemente vivir te cuesta la vida, en donde la búsqueda de la felicidad sigue siendo hasta ahora una lucha interminable que tarde o temprano nos da esa sensación de que nunca podremos encontrarla por más que nos esforcemos. Aquí la vida se pinta de color de rosa pero en realidad en otros sentidos no deja de ser marrón para aquellos que aún no queremos darnos por vencidos.
Una historia conmovedora, llena de emociones y particularmente crítica es Nieve. Como el mismo Ka había escrito en un poema muy poco conocido: “-Se dice que a lo largo de nuestra vida solo nieva una vez en nuestros sueños-”. Aquel día en que la pude sentir por primera vez pensé que mi oportunidad de soñar con ella había desaparecido y sigo sin soñar con ella, quizas porque realmente mi primer contacto con la nieve no fue ese día en Barcelona, sino en el frío de los aires acondicionados muy lejos de aquí. Ahora ya no pienso en la nieve sola y silenciosa como recordé ese día la frase de Pamuk, sino que con bailar en ella con aquella mujer que me lo prometió y que al igual que Ka, nunca la he vuelto a ver.

2 comentarios:

Maria Tenorio dijo...

Conocer la nieve en la adultez es, sin duda, una experiencia distinta a la de quienes han crecido con ella. Recuerdo en mis días de exilio académico, cerca de los Grandes Lagos, en USA, una mañana que nevaba intensamente en copos medianos mientras yo iba en el bus. Fue maravilloso ver la nieve tras los cristales de las ventanas. De alguna manera sabía que era más rico estar dentro del bus, con la calefacción, que afuera sintiendo el frío. Saludos.

MHM dijo...

Nieve... Mi primer contacto con ella ocurrió en el aeropuerto de Münich. El vuelo estaba atrasado. Era de noche. Desperté cuando llamaron a abordar un bus que nos llevaría a través de la pista hasta el lugar donde aguardaba el avión. En ese trayecto comenzó a caer una nieve boba, como hecha de plumas. Fue algo hermoso y amenazante pues yo no llevaba ropa adecuada. Años más tarde, volví a mirarla en el puerto de Saint Nazaire, en Bretaña, donde el Loira desemboca en el mar. Fue una breve ráfaga de pequeños copos uniformes. Una visión de apenas pocos minutos que me arrancó un grito de alegría.