miércoles, 14 de julio de 2010

Estación




Por: Antoine Chasse
Foto: Agnieszka Cerbin
Lo que voy a relatarles no es en ningún momento producto de mi imaginación causada por efectos de algún tipo extraño de estupefacientes, pero ahora que lo recuerdo bien podría serlo fácilmente. No, no quiero que me mal entiendan no estaba drogado ese día, a veces cuando vamos con el Valentín y los chicos a tomar algo pues un pitillo no va mal. Como cada día me dirigía al trabajo, al igual que todas las personas en día lunes después de un tormentoso fin de semana. Mi parada del metro es Liceu justo en medio de la Rambla y vengo desde Valldaura en donde tengo mi pisito rentado frente a la plaza Karl Marx. Cuando salí de casa esa mañana no recuerdo que nada extraño haya sucedido, o al menos nada de relevancia, la rutina bien establecida y ordenada de un soltero de 31 años no falla; café y cigarro por la mañana y correr al trabajo, es muy simple. Al llegar a la parada de Catalunya traté de sobreponerme al sueño y agité la cabeza de un lado a otro para traer mi cabeza de vuelta al mundo real. Junto a mí estaba una señora con un best-seller del momento en la mano que me llamó la atención, porque parecía realmente interesada en la lectura tan profunda que el ejemplar le daba. Unos asientos más adelante se había sentado un señor que tocaba el acordeón desde unas paradas antes pero al ver la indiferencia de los pasajeros había optado por sentarse y dejar de tocar. – Cómo el comienzo del día puede hacerte pedazos – pensé. Menciono a estos dos personajes ya que ellos son los que me hicieron creer que algo andaba mal. La pequeña luz que me indica la estación en la que me ecuentro se encendió y parpadeó, ya casi llego -me dije-. Y en ese momento comenzó todo.
La gente entró y salió del metro, el trayecto se reanudó. Vi con el rabillo del ojo que la mujer del best- seller ya no estaba hacía un segundo. Cuando volví mi mirada para curosear el camino a la salida, me dio un vuelco el corazón al ver de nuevo junto a mí a la mujer. Leyendo siempre apasiblemente su libro. Levanté la mirada y vi al músico sentado en el mismo lugar donde unos segundos antes lo vi hacer el esfuerzo de salir con el acordeón clavado al pecho como un bebé a su madre. Allí estaban los dos, como queriendo burlarse de mí. No pude evitar la tentación de ver la luz del indicador, estupefacto vi la estación anunciada, “Catalunya”. Las puertas del metro se abrieron, vi como la mujer se levantó cerrando el libro y salió por la puerta, vi de nuevo al hombre esforzándose por salir. Tenía esa cara de querer salir a toda costa de la realidad de llevar el vaso vacío. Las puertas se cerraron y suspiré aliviado, al abrir los ojos ahí estaban de nuevo, todo parecía ensayado, como esos saltos sin red. El libro abierto, el hombre decepcionado, la maldita luz parpadeando, las puertas cerrando, abriendo, la repetición y la repetición de lo mismo una y otra vez. Me vi sentado en la mesita del comedor en donde sólo tengo una silla, fumando mi cigarrillo, bebiendo mi taza de café, en la misma silla, en la misma taza, los mismos Marlboro Rojo que cuestan tanto ya. Asfixiado y mareado salté de mi asiento, salí por la primera puerta que encontré, seguí los rótulos de “sortida”. Ya afuera, sudoroso y amedrentado caminé al lado contrario de donde debía dirigirme.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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