Antoine D. Chasse
No existe el orden en el mundo que nos rodea, debemos adaptarnos al caos.
Kurt Vonnegut
Recuerdo muy bien cuando llegó el turno de Virginia de contar su historia. Como parte de la tradición cada año nos encontrábamos a contarnos historias de terror antes de salir de fiesta, la sesión debía durar desde el atardecer hasta la medianoche. Julio acababa de terminar su historia y Juan Carlos nos había sorprendido con una que estoy seguro había contado antes, pero esta vez había captado nuestra atención de una manera singular, no sé si era porque había incluido algo nuevo o la estuvo practicando en casa. Pero sí que le funcionó.
Cuando Virginia se puso de pie para comenzar su relato, dándoselas de muy misteriosa, nos dijo:
--Lo que voy a contarles este año, no me he atrevido a decírselo a nadie -- comenzó diciendo.
Sus ojos tenían un aire diferente. Estaban como perdidos queriendo recuperar algo desde lo profundo de la mente, pero sus facciones nos decían que lo tenía aún fresco, como cercano a la piel.
Mirándola ahí parada de espaldas a nosotros, comencé a erizarme antes de tiempo. Cualquiera que lleve una bata blanca se convierte en la reina de la fiesta. Después de unos segundos en silencio se dio la vuelta, nos vio directamente y comenzó a hablar.
“Hace aproximadamente un par de meses en esos que hacía un calor bochornoso regresaba del que sería mi último día de trabajo en esa tienda de juguetes en el centro de la ciudad. Realmente la tienda me gustaba, pero por la crisis debían recortar personal y, claro, la que cuenta los cuentos por la tarde y cierra la tienda por la noche no es exactamente una persona imprescindible. Como ya no tenía que levantarme temprano decidí pasar a beber algo por ahí antes de llegar a casa, en donde solo me esperaban platos sucios y unos libros tirados sobre la cama. Después de un par gin tonic y un chupito me levante con paso seguro, camine por las calles ya oscuras”.
--¿A paso seguro?- inquirió Julio
--Sí, no hay paso más seguro que el que nos brinda un poco de alcohol antes de hacer efecto- respondió cortantemente Virginia con mirada un tanto amenazadora.
“Al subir al metro me pareció extraño mirar que el andén estaba vacío, algo que no es usual debido a la hora, pero no me detuve a pensar más en ello. Tardé unos15 minutos dentro y cuando bajé del vagón hacia la salida empecé a notar aun más la ausencia de gente. Subí a tres bandas para cruzar un largo pasillo en el cual me tope nada más con una pareja de enamorados que reían mientras caminaban. Luego, con un hombre con una guitarra, que iba en sentido contrario al mío, nos miramos directamente a los ojos por un segundo. Su mirada era profunda y vacía, no encontré nada en ellos. Al llegar al final del extenso pasillo vi los elevadores en dirección a la calle. Corrí para alcanzar uno donde había gente pero no llegue a tiempo. Sus puertas se cerraron justo en mis narices. Al lado recién descendía uno completamente vacío. Las gruesas puertas de cristal se cerraron a mis espaldas y fue entonces cuando todo comenzó. El elevador subía y subía, y todo cobró una forma extraña. A través del cristal miraba pasar las paredes y comencé a sentir que todo giraba. En un momento creí reconocer, débil y lejano, el llanto de un niño. Todo ennegreció, no reconocía lo que pasaba ¿No era esto simplemente un cuento ante el que me había dormido y soñaba? ¿Acaso seguía en casa y todos los incidentes del día no existían? Me miraba a mí misma con una claridad infantil en los cristales oscurecidos. En un momento me escuché profiriendo una carcajada un tanto idiota. Todo sucedió muy rápido pero la escena estaba paralizada, como muerta. Me vi en la escuela corriendo detrás del chico que me gustaba, bailando con mi walkman en la sala de casa, me senté en el mismo lugar de siempre en la universidad y a medida que pasaba el tiempo se me hacía más difícil ponerme en pie. Estaba ahí siendo todas las personas que pude haber sido y no era. Mi madre muriendo, mis amigos alejándose, mi padre fumando, los soldados atacando, los guerrilleros corriendo, la dueña de la tienda despidiéndome, todo estaba ahí girando sin sentido y el elevador sin parar, la calle nunca llegaba, los botones no servían, hasta que me arrodillé en el piso. El caos no es un agujero profundo, el caos es una escalera donde no se puede ver el final del camino. Me di cuenta que mi vida era un caos, moderadamente bien llevado. Cuando pensé que ya no aguantaba más todo se detuvo y la puerta se abrió, levante la cabeza, me arrastré hacia afuera, en cierto modo era la primera vez que sabía lo que era el aire y el espacio y la libertad”.
Virginia en su bata blanca se quedó callada después de eso, todos la miramos, Juan Carlos le tomó la mano para que se sentará, la medianoche había llegado. Debíamos salir, como cada año, a la calle, en otra noche de Halloween, y aprender qué realidad no hay más que una.
Halloween 2013


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