martes, 8 de abril de 2014

Caída


Antoine D. Chasse
Ilustración de: Margo Oliva Climent

Fly, on your way, like an eagle
Fly as high as the sun,
On your way, like an eagle,
fly and touch the sun.
Flight of Icarus (Iron Maiden)


Planeábamos desde hace meses salir de la ciudad a darnos otro aire. Finalmente lo conseguimos. No fue tarea fácil ya que Juan Carlos trabaja como esclavo en el hostal del centro donde nos quedamos recién llegados. La gerente del hostal le dio oportunidad de trabajar por la cama, repartiendo publicidad en las estaciones de tren, y luego empleo como recepcionista porque sabía inglés. Yo conseguí un trabajito en un café en un barrio a las afueras de la ciudad, donde hasta ahora trabajo como camarera por las noches. Un fin de semana libre es impensable, esos días son lo que más se trabajan.


Después de seis meses lo logramos. Hicimos horas extra, no tuvimos día libre un par de semanas y arreglamos tener ese bendito fin de semana libre juntos. Dada nuestra condición legal tampoco se puede ir haciendo lo que uno quiere, pero en parte fue gracias a Sonia, mi compañera del café, que aceptó cubrirme esos días. Pensamos a veces en lo que dejamos atrás para estar aquí, pero mirar hacia atrás es quedarse en silencio.


Hacía un sol radiante el sábado por la mañana. El viaje duraría más o menos una hora y media. El autobús avanzaba con ese falso confort que más bien marea, balanceándose de un lado a otro, como quien se mece en una hamaca gigantesca. Mirando el Mediterráneo hablábamos de falsos recuerdos que nos protegían de nuestro pasado. Cerca de nuestros asientos estaban tres señoras entradas en años, todas pintarrajeadas, con unas tetas que en su tiempo seguramente movían el mundo, pero ahora las tenían sostenidas hasta el cuello en unos escotes exuberantes.
-- Virginia, mira esas tetas, son elásticas -me dijo-
Mientras reíamos con lágrimas en los ojos escuchamos el chillido de las llantas del autobús. El gigante de metal se salió del curso de la carretera elevada sobre el mar y rompió la valla de seguridad.


Me vi cayendo junto al hombre que me enseñó a dar silencio por amor. El cuerpo se me llenó de una fiebre un poco ambigua. Los pasajeros dieron un grito al unísono como coreando un gol y de repente todo se volvió borroso. Sentí curiosidad en estado puro por saber qué pasaría, pero al mismo tiempo el aire se me escapaba. Vi a mi padre sonriendo en el aeropuerto con cara de hacer lo correcto diciéndome que todos tenemos la necesidad de transformarnos. La luz del sol dejó de quemarme las pupilas, los sentidos se fueron apagando. Pensé en esas palabras que no sirven de nada, como “libertad”, y que comprendí hasta llegar aquí. Había entendido que su significado consiste en poder decidir hacer o no hacer nada. Nunca fui libre antes, en realidad. Recordé a mi hermana a la cual le gustaba que le tocaran la flauta antes de comer o si no, no comía; mis discusiones con Juan Carlos al cual buscaba con frenesí con la mirada, y que tantas veces me dijo que no siguió el consejo de sus padres de no enamorarse de una mujer que viaje o escriba, cosa que nunca entendí. Nuestro problema siempre fue que le no hablaba de los problemas. Supe que aquí donde nadie te conoce es más difícil pasar desapercibido, pero más fácil que nadie te recuerde.


Seguramente él se salvará -pensé- siempre fue un gran nadador por eso del surf. Volví a buscarlo con la mirada y no lo encontré a mi lado.


Sabía que no pensaría en volver por mi, que siempre dijo que dormido podía encontrar el valor que no encontraba en la calle. Ahora tengo miedo de tanta libertad, como Ícaro que voló libre para llegar al sol y sus alas se convirtieron en cenizas.  


Me di cuenta que el amor nace de la sugestión, que lo creamos a base de mentiras y se convierte en verdad.
-- Sí -me dije- no volverá por mi, el hombre es tan anti natural en todo  lo que hace, menos en el miedo.


Me dejé a mi suerte, bajé los brazos, dejé de buscarlo con la mirada, expulsé las últimas burbujas de aire que tenía en los pulmones, como perlas en medio de la luz tenue…


--Virginia -escuché- ¡Virginiaaa!


Abrí los ojos, y lo vi tirando un extintor al cristal trasero del autobús, me cogió de la mano y gritó: -¡Corre!-
Corrí de su mano mientras el autobús empezaba a caer. Al llegar cerca del cristal medio roto me envolvió en sus brazos tatuados y saltó fuera conmigo pegada como una garrapata. Caímos en el pavimento de la calle, mientras el autobús salió de la carretera. Escuchamos el estruendo cuando se estrelló en el mar.
Abrazados aun le pregunté
--¿No habiamos caido aun?
-- No -respondió- has cerrado los ojos un segundo.  
Mientras seguíamos en medio de la carretera, medio ensangrentados, mirando el Mediterráneo, abrazados, me di cuenta que también el tiempo era elástico y que Ícaro se equivocó de libertad.

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