Antoine D. Chasse
A Juan Carlos y El Frijol inmortal por aquellos tiempos sin precedentes
Hace un año exactamente nos robaron el Frijol, aquel Toyota año 81 bautizado así por su color ocre opaco que no podía hacerte recordar nada más que eso: un frijol. Virginia fue quien al verlo le puso el nombre y yo no pude resistirme. Ella brincaba de contenta la mañana que lo lleve a casa. Era nuestro primer coche. Desde que nos mudamos a aquel apartamento pequeño y cálido no habíamos adquirido nada, por lo tanto el carro tenía un enorme valor sentimental. Apenas comenzaba nuestra relación llena de miedos entre Virginia y yo. Ella siempre decía: “Yo vivo en un tiempo diferente al tuyo Juan Carlos”. A pesar de nuestra diferencia de tiempo y espacio un buen día nos pasamos a vivir juntos. Al mes llegó el Frijol.
El Frijol se convirtió en parte de nuestra extraña familia y las aventuras comenzaron. No habia viernes que el carro no se viera por ahí, mal parqueado, cerca de un bar. Virginia amaba manejarlo. En él aprendió a manejar. La dosis semanal de los domingos por la mañana eran las clases de manejo. A pesar de que se le atascaba en segunda parecía que ella y él tenían una sincronía total. Al poco tiempo ya eran uno y no había quien la quitara del volante.
Le montamos rines plateados y llantas anchas para simular que era un bólido, aunque estaba claro que si lo acelerábamos a más de 100 km/h la cosa podría complicarse. Eso si no había quien le ganara en la salida. Recuerdo muy bien una noche. Volvíamos de nuestra ronda de bares del fin de semana y nos encontramos con nuestro reto de la noche, un Honda Prelude. Virginia aceleró para tentarlo a la carrera, y el del Prelude respondió sin dudar. La luz cambió a verde y las llantas chillaron. Aquellos tres segundos de victoria entre gritos eufóricos fueron eternos... Claro, después de eso el Prelude sacó toda la ventaja, pero ya no nos importaba, le habíamos ganado por tres segundos inmortales, que nadie creía, como muchas cosas que parecen increíbles en ese país, pero nosotros habíamos sido testigos y eso era lo único que nos importaba.
Hacer eso cada fin de semana por la noche era una traición al deseo mismo: saber que puedes correr durante unos segundos y tener la victoria en tus manos; eso era un reflejo de nuestras expectativas: duraban sólo segundos.
En aquellos días éramos capaces de tener un ojo abierto y otro soñando, salir por las calles en un auto para cinco y de repente hacer entrar a diez, escapar de los retenes, no tener nunca conductor asignado, manejar con el brazo con yeso con la música alta y regresar a casa a salvo. El Frijol nunca falló, sabía el camino correcto. A través de los cristales todo al fondo parecía estar hecho un sketch a lapiz que se deformaba y se movía con el viento.
Cuando esa mañana del 31 de diciembre salí a comprar el pan nunca me imaginé que todo terminaría tan pronto. Mientras esperaba el cambio de luces en un semáforo, un par de ladrones armados se acercaron y me pidieron que me bajara del Frijol y dejara las llaves puestas. No podía creerlo, los latidos de mi corazón iniciaron una escaramuza, una confusión de ritmos. Intenté tragarmelos, aunque el sabor a corazón no es muy agradable. Bajé del coche y vi como se llevaron con él, el poco amor que me quedaba por el país que me vio nacer. Volví a casa andando sin el pan y sin el Frijol. Virginia aun en esas pijamas infantiles que tanto le gustan hasta hoy, me abrazó y me dijo: “Nos vamos de aquí, no se cómo, pero nos vamos”. Un mes después dejamos el país de las playas con arena negra, los vendedores de mango en las esquinas y los call centers llenos de profesionales. El destino era imposible de cambiar. Quedarse era como dejar de saltar y morir.


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